Joaquín Sorolla: el pintor que amaba la moda

La presencia de la moda en las grandes pinacotecas del mundo, lejos de ser considerada ya un esnobismo, se ha normalizado, pues son muchas las exposiciones icónicas y puntuales, que se han dado a lo largo de estos años atrás, como la de Valentino en el Ara Pacis de Roma, la de Armani en los museos Guggenheim de Nueva York y Bilbao, la de Hubert de Givenchy en el Museo Thyssen, o la recién clausurada de Fortuny en el Palais Galliera (París).

Como veis, arte y moda forman una pareja muy bien avenida, no hay mejor ejemplo que el de las “Santas” de Zurbarán, cuando hace cinco años, en Sevilla, lograron reunir el genio de 12 grandes diseñadores españoles, que se encargaron de realizar unos trajes inspirados en dichas pinturas, y entre los que se encontraban, Cristóbal Balenciaga, Modesto Lomba, Agatha Ruiz de la Prada o Victorio y Lucchino.

Y es que ya lo dijo Manet en su momento, “para una pintura, la última moda es algo completamente necesario, es lo principal”, y así, lo entendió también nuestro protagonista de hoy, Joaquín Sorolla, que protagoniza una exposición centrada, en eso mismo, en su relación con la moda.

De modo que, desde hoy, y hasta el 27 de mayo, dos grandes museos estatales, el Museo Thyssen y el Museo Sorolla, abrirán sus puertas, para una muestra, que, en palabras de su comisario, Eloy Martínez de la Pera, quién cambió hace unos años los placeres de la diplomacia por los de la alta costura, se presenta como “un cuento que trasladará al visitante a la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX, a través de los rostros de las mujeres que dibujó, y de los propios trajes y vestidos que lucían en ciudades como Madrid, Nueva York o París.

Hombre de gustos cosmopolitas

Tal vez, el hecho de que la familia de Sorolla, de origen humilde, se dedicase a la venta de tejidos, influyera en su sensibilidad esteticista, pues así lo reflejó en lo que mejor sabía hacer, pintar. Fue un virtuoso pintando el brillo de los brocados, de la seda, la suave textura del terciopelo, la delicadeza del encaje… tan complicados para otros pintores.

Hombre de costumbres refinadas y gustos cosmopolitas, solía comprar los kimonos en Babani, la tienda más elegante y distinguida de París, donde se vendían vestidos de las grandes firmas, pues hay que tener en cuenta, que era la época en la que los vestidos empiezan a etiquetarse, y surgen las primeras figuras de modistos, como Jeanne Lanvin, Madeleine Vionnet o Poiret, todos ellos presentes en la muestra.

Sorolla, conocía a la perfección las últimas tendencias de la alta costura, y sus retratos de mujeres, lo reflejaron de una manera explícita y muy intuitiva, bien podríamos decir que sus obras, eran los armarios y las revistas de la época que vivió, los años de la gran revolución de la indumentaria femenina.

En la historia de la moda, no he conocido a un pintor más moderno que Sorolla”, comentaba el comisario. “Lo vemos en la ropa que compraba en sus viajes, para su mujer Clotilde, y sus hijas, y la mejor prueba de ello, es el cuadro que protagoniza la exposición de su hija Elena, con una túnica amarilla. En realidad, ese vestido es un delphos que había diseñado Fortuny en Venecia, y que acabó revolucionando la moda de principios del siglo. Hay que pensar, que se trata de un vestido que se ponía casi sin ropa interior, y solo lo llevaban mujeres como Peggy Guggenheim o Isadora Duncan. Y él decide comprarlo para su hija de 14 años”.

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El rol de la mujer en la sociedad

A finales del siglo XIX la mujer se libera de los polisones, de los corsés y miriñaques, lográndose vestir sola, y sin la ayuda de un asistente, y esto es de otra de las cosas que también ha querido destacar Eloy, el cambio de rol de la mujer en la sociedad.

En aquella época, ya estaban las sufragistas peleando por el derecho a voto en Inglaterra, las mujeres empiezan a salir a los cafés solas, nacen los grandes almacenes parisinos, como las Galerías Lafayette, a los que también acuden solas, surge la figura del modisto, años antes de que interrumpiera en escena Coco Chanel, y ellas empiezan a comprarse su ropa con el objetivo de gustarse a sí misma, y no solo para su marido”.

La mujer, es, por lo tanto, la protagonista casi absoluta de esta muestra, “quiero que se vea el orgullo de un momento histórico, en la que la mujer rompió con ataduras, y para ello, nadie mejor que Sorolla, quién, con sus retratos supo empoderar a la mujer, y lo vemos en las miradas, en las poses… y por supuesto, en las vestimentas, para lograr la perfección de la imagen que quería proyectar de cada una de ellas”.

Sorolla, a menudo viajaba, estuvo en Londres, en Nueva York, en París, en aquella exposición Universal de 1889 cuando se inauguró la Torre Eiffel, por todos y cada uno de ellos, se paseaba por sus calles, bulevares, y cafés, como un privilegiado observador, admirando la modernidad, y tomando nota de las últimas novedades del mundo de la moda.

Desde allí, solía además enviar cartas a su mujer, en ocasiones con dibujos de sombreros y vestidos, preguntándole las medidas de ella, y sus hijas, Elena y María, para traerles trajes, se podría decir que, ¡fue el primer personal shopper!

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Sorprendente escenografía

Un total de casi doscientas piezas, expuestas en ambas sedes, entre pinturas, dibujos, vestidos, complementos (zapatos, mantillas, sombreros, guantes, joyas) documentos y mobiliario, darán vida a una pequeña parte de la historia.

Se trata de una exposición noble porque todas las pinturas, vestidos y complementos, están agrupados por fechas, todos datan de la misma época, y eso solo ha sido posible buscando durante mucho tiempo en museos y archivos”. Tres años y medio ha costado nada más y nada menos que materializar este sueño.

Muchas de las piezas han salido de la casa donde vivió el pintor, convertida hoy en museo. De ese modo, podrán ver muebles que aparecen en sus pinturas, un sillón, un armario, un costurero de Clotilde y hasta unas sábanas de su ajuar. Por lo que respecta a los vestidos, no serán los mismo que los que aparecen en los cuadros, salvo dos excepciones, pero se asemejan bastante y coinciden en fechas.

Las excepciones, son una camisa en tafetán de seda azul y cordoncillo de hilo metálico, diseñada por Fortuny, que halló Blanca Pons-Sorolla, bisnieta del pintor, en su casa por casualidad, y un traje de la huerta valenciana, que perteneció a María Sorolla y que se muestra junto al cuadro “La grupa” en el que aparece pintando.

Sorolla, destacó igualmente como retratista de la alta sociedad e incluso de la realeza, de ese modo verán algunas personalidades como Julianna Armour Ferguson, con una figurita egipcia en sus manos (muestra de que es una erudita) y luciendo un collar, ambas exhibidas junto al cuadro.

De la realeza, retrató a la Reina Victoria Eugenia, cuyo lienzo cuelga junto a un vestido de baile de Charles F. Worth, o a Alfonso XIII con uniforme de húsares, y a su lado, un uniforme de gala de teniente de húsares.

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Los veraneos en la mar

A finales del siglo XIX, también se descubrieron los beneficios del agua para la salud, y la alta sociedad, así como la realeza, empieza a tomar la costumbre de veranear en las playas, y destinos como Biarritz, Zarauz, San Sebastián o Santander se ponen de moda, al igual, que las vestimentas que las mujeres utilizaban para ello, esos vestidos largos y ligeros, de gasa y muselina dorada, los sombreros, los abanicos…

Ni que decir, que a Sorolla le encantaba, y se lucia pintando lo que mejor se le daba, esos reflejos de luz en la mar o en los blanquísimos vestidos de las mujeres… y con sus encuadres tan cinematográficos. En este apartado, merece especial atención, la pintura Bajo el toldo, del Saint Louis Art Museum.

Destacar finalmente, la gran labor de montaje, pero también la de restauración de cuadros y vestidos, donde muchos de ellos, y dada su fragilidad se lucirán en vitrinas. “No es lo que se ve, sino lo que NO se ve, como el vestido de lentejuelas que ha habido que coser una a una, o los maniquíes que hemos tenido que hacer, porque las indumentarias son de diferentes épocas y varían las medidas y las tallas”.

En definitiva, y como bien habréis podido intuir a través de estas palabras, se trata de una exposición muy ambiciosa, en la que se ha contado con la colaboración de más de 40 prestadores diferentes, con cuadros que vienen desde Metropolitan de Nueva York, el Museo del Bellas Artes de La Habana, vestidos que llegan desde el Victoria and Albert, del Galliera, y complementos del Museo del Traje, del Museo del Ejército, o del Museo de Diseño de Barcelona.

Sorolla y la moda, la exposición de la que todos hablan, ya está aquí, ¿se la van a perder?

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