¿Estamos ante el descubrimiento de un nuevo Velázquez?

Colgado en una pared de una pequeña estancia del castillo de Decín, uno de los monumentos más antiguos y grandes del norte de Bohemia (República Checa), se haya un retrato de cuerpo entero de María de Austria, reina de Hungría y Bohemia, cedido en depósito por la Galería Nacional de Praga.

El lienzo, para el que la mayoría de los visitantes pasa desapercibido, quizás pronto pase a formar parte de algunas de las salas de cualquier museo de renombre, y es que, según los últimos testimonios de la historiadora del arte María del Mar Doval Trueba “es posible que este retrato saliese de los pinceles del mismísimo Velázquez, y no de su taller, como hasta el momento se tenía creído”.

“Es una pintura que si bien se empezó a dar a conocer en España no hace mucho tiempo, a través de fotografías muy pequeñas, en blanco y negro, y de muy mala calidad”, señalaba así esta experta en Velázquez, quien se muestra ahora satisfecha de poder proporcionar una imagen en color y de calidad para su recién artículo publicado en la revista de Philostrato.

Trueba, que, si ha tenido la suerte de poder contemplar la obra al natural y minuciosamente, le ha servido para una vez más confirmar sus sospechas tras comprobar la altísima calidad del cuadro, y aunque a la espera de realizar un estudio químico más analítico, por su parte asegura estar realmente convencida de que se trata de un retrato que Velázquez pintó para la Reina.

Una larga historia

El camino para llegar a esta conclusión es casi tan largo como el viaje que abordó la hija de Felipe III y Margarita de Austria en 1629, una vez contrajo nupcias con su primo Fernando, rey de Hungría y futuro emperador de Austria.

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Todo empezó cuando la experta encontró una carta sobre dicho viaje en el archivo de la Casa de Alba que decía así “Como bien sabe vuestra excelencia, no soy amigo de parlerías…” comentaba don Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont, V Duque de Alba, al conde-duque de Olivares, antes de que empezase a relatar los cientos de problemas que tuvo que pasar la comitiva tras toparse con una epidemia de peste en Italia.

Su destino era Trento, sin embargo, no podían hacer el trayecto por tierra, y para navegar por el río Po tenían que esperar la llegada de embarcaciones de gran capacidad, con el fin de no tener que atracar en ningún puerto y evitar cualquier posible contagio.

Tras residir un mes en Génova, don Antonio opta por navegar hasta Nápoles, para desde allí proseguir su continuo y accidentado periplo, entre el frío invierno, las amenazas de los turcos a Venecia y la peste. Dos meses en cuarentena tuvieron que pasar antes de entrar en los dominios imperiales.

Ahora bien, dicha aventura coincidió con otra más discreta, el primer viaje de Velázquez a Italia. Lo sabemos por su suegro Pacheco que entre sus escritos relato que “tras permanecer en Venecia y Roma, a su vuelta paró en Nápoles donde pintó un hermoso retrato de la Reina de Hungría”.

Mar cree que la pintura que conserva el Prado de Doña María de Austria, posiblemente sea el modelo de la cabeza para pintar uno mayor, como también en su día apuntaron Bernardino de Pantorba y Julián Gállego.

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Puntos a favor

De todos los retratos existentes de María de Hungría, Mar Doval pensó que el original es el que hoy se conserva en la Gemäldegalerie de Berlín, el mismo que estuvo en el Palacio del Buen Retiro de Madrid. No obstante, cuando tuvo la ocasión de poder contemplarlo al natural, se llevó una grandísima decepción, pues la calidad era deplorable, imposible de que eso saliese de las manos de Velázquez.

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De lo contrario el lienzo que se encuentra en Hungría tiene todas las papeletas de que se trate del maestro español. En primer lugar, porque la calidad de la pintura es buenísima”, explica Mar.

Igualmente, encaja también por encontrarse en el país donde precisamente reinó la hermana de Felipe IV. El retrato, que ingresó en la Galería Nacional de Praga como bien incautado en el año 1946, había pertenecido a los descendientes del conde de Thun desde 1646, justamente el año en el que falleció la reina doña María. Este último dato es clave porque indica la cercanía del cuadro a la Reina, quien debió ser retratada por un pintor renombrado en la época, y quién mejor que Velázquez, ¿no?

El tratamiento tanto del cabello como el de la lechuguilla, de manera suelta y fluida es algo reconocible de su pincel”, señala la historiadora del arte, para quien también añade que “el vestido, las mangas, los encajes del pañuelo y el brillo de los hilos de plata contestan a un toque virtuoso de alguien muy diestro en su labor”.

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Puntos en contra

Precisamente ha sido esos detalles de la vestimenta los que han llevado a que varios expertos rechacen su autoría. No obstante Trueba discrepa y lo defiende así “el pintor de la corte, en su etapa al servicio del monarca, Felipe IV, no tuvo más remedio que enfrentarse a esos vestidos de bordados tan minuciosos, tan alejados de su manera de pintar, por lo que es bastante normal, que en sus primeras obras no sean de tan alta calidad”.

Además, resulta impensable como tratándose de una reina, Velázquez relegara su trabajo a manos de su taller, cosa diferente, es que, una vez creada la iconografía, necesitaran de más copias, y ahí sí que intervendrían sus ayudantes”.

Otros aspectos materiales de la obra refuerzan la hipótesis de la experta, y es que tanto la pintura de la Galería de Praga como la que se encuentra en el Museo del Prado, están pintadas sobre un lienzo reentelado, y en ambas el bastidor se tensa de igual modo, mediante cuñas.

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La hipótesis que Mar Doval cree, es que “quizás Felipe IV aprovechando la estancia de Velázquez en Nápoles, y a sabiendas del enlace de su hermano, el retrato pudo convertirse en un posible regalo para los recién casados”. Una vez finalizado, el pintor regresaría a España con el retrato de pequeñas dimensiones del Prado, y el grande a su destino en la capital de Bohemia.

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