Diez obras maestras que no te puedes perder de la Frick Collection

El edificio que hoy alberga la Colección Frick se podría decir que es un prodigio del buen gusto: es señorial, majestuoso, elegante…. Situado en plena Quinta Avenida desde principios del siglo XX, se ha convertido en uno de los museos favoritos especialmente para los europeos que visitan Nueva York.

Se trata de una mansión diseñada por el arquitecto Thomas Hastings y construida entre 1913 -1914, para el uso y disfrute de quien ha pasado la historia por ser conocido como “el hombre más odiado de América”, Henry Clay Frick, un exitoso empresario de la industria del acero, y ávido coleccionista de arte.

Aunque resulta curioso lo cierto es que Frick concibió su casa pensando en legar su colección y convertirla en un museo, de hecho, ahora la visitamos y nos sigue pareciendo lo que es, una mansión decorada con numerosas pinturas y obras decorativas, más que un museo.

Dividida en dieciséis salas se exhiben las obras sin prestar demasiada atención a la cronología o las procedencias nacionales como cualquier otra pinacoteca, todo lo contrario, aquí prima el modo caprichoso de como Henry las fue situando.

La colección es variada y exquisita y en ella tenemos que destacar la Sala Fragonard, con sus enormes pinturas murales del maestro del rococó, sus porcelanas Sèvres y sus muebles franceses del siglo XVIII; el Living Hall, una sala austera, pero con grandes obras maestras de la mano de Tiziano, Bellini, El Greco o Holbein; la impresionante West Gallery, con lienzos de Constable, Vermeer, Corot, Velázquez o Rembrandt, o la East Gallery con obras de Goya, Chardin, Van Dyck o Greuze.

En definitiva, la Frick Collection es en sí toda ella una maravilla, elegantísima y con obras de primer nivel de los grandes maestros, tanto que ya es conocida como la pequeña National Gallery.

La Crucifixión de Piero della Francesca (c.1460)

Esta Crucifixión, junto a otra imagen de Santa Mónica y un excelente San Juan Evangelista, todos ellos en la Colección Frick, formaban parte de un altar del pueblo del que era originario Piero della Francesca, Sansepolcro.

Data aproximadamente hacia 1460, y aunque el panel de la Crucifixión es bastante pequeño, pues tan solo mide 37.5 x 41.1 cm, es exquisito tanto por su magnífica composición como por el uso del color que hace alusión aquello que dijo Leon Battista Alberti “existe una amistad entre los colores, que su belleza y su gracia se incrementa cuando se colocan unos junto a otros”.

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San Francisco en éxtasis de Giovanni Bellini (1480)

Jacob Burckhardt, un historiador del arte suizo, atribuyó al Renacimiento italiano el descubrimiento de la belleza del paisaje, y una buena prueba de ello es esta pintura de Bellini.

En ella se muestra a San Francisco que se encuentra en éxtasis recibiendo los estigmas. A su alrededor un bello paisaje bañado por una luz brillante, clara y uniforme iluminando por igual cada detalle, aunque sin caer en lo anecdótico.

A la izquierda se encuentra un asno que puede interpretarse como símbolo de paciencia y humildad, o también la obstinación y estupidez, y a la derecha, sobre un banco, una calavera, símbolo de la muerte.

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Retrato de Pietro Aretino de Tiziano (c.1537)

La historia de este retrato pintado hacia 1537 se remonta a otro anterior pintado años antes. Tiziano había ensayado entonces una pincelada muy suelta, prácticamente carente de detalles, y Aretino, el hombre que hablaba mal de todo el mundo, excepto de Dios, se lo echó en cara “Seguro que, si te hubiese pagado más escudos por él, las telas serían mucho más brillantes y suaves, dando la auténtica sensación de seda y terciopelo”.

Tiziano quiso hacer enmienda de su propósito y realizó este retrato, ahora si, cuidando más el detalle. Paradójicamente hoy está mucho más valorado el primer retrato, a pesar de este brillar por la captación filosófica del personaje.

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Retrato de Tomás Moro de Hans Holbein (1527)

Después de que en 1523 Holbein hiciese el primero de sus retratos a Erasmo de Rotterdam, la fama del pintor le llevó hasta Inglaterra con una poderosa carta de presentación del humanista a Tomás Moro, por entonces en la cúspide de su carrera política tras haber sustituido a Thomas Wolsey, como Lord Canciller de Inglaterra y consejero del rey Enrique VIII.

El retrato que le hizo Holbein se trata de una de sus obras más brillantes, brillante por la representación de la vestimenta y el vivo colorido que enmarcan a un Tomás Moro de viva inteligencia, dueño de una mirada penetrante y escrutadora, de cuya fuerza comedida parecer crecer la intensidad cromática que lo rodea.

En diciembre de 1526 Moro escribía a Erasmo afirmando que:

“Tu pintor, mi queridísimo Erasmo, es un artista maravilloso…”.

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Retrato de Felipe IV de Velázquez (1644)

Felipe IV fue más conocido por su generoso mecenazgo de las artes que por su destreza militar. No obstante, en mayo de 1644 dirigió sus tropas logrando una importante victoria frente a los franceses en la localidad de Lérida.

Su séquito incluía a Velázquez, su pintor de corte e íntimo amigo, por lo que se hizo retratar con el rebuscado traje que llevó durante la campaña. La maestría de la técnica de Velázquez es evidente en todo el cuadro, inspirado, posiblemente por el retrato del Cardenal-Infante Fernando de Austria de Anton van Dyck (que se conserva en el Museo del Prado), destaca sobre todo por la minuciosa realización de los detalles del traje con esas centelleantes bordaduras plateadas sobre la felpa rosada.

Hoy son relativamente pocas las obras de Velázquez las que se encuentra fuera de España, y es que hacerse, en este caso, con un retrato como este totalmente documentado era un verdadero logro, de hecho, esta es una de las obras más importantes y caras que compró Henry Clay Frick.

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Autorretrato de Rembrandt (1658)

De los muchos autorretratos que Rembrandt pintó a lo largo de su vida, este quizás sea uno de los más importantes, no solo ya por la conmovedora manifestación de su personalidad, sino por su magnificencia pictórica.

Aquí aparece el maestro holandés tratado como un rey en su trono, ataviado con riquísimos ropajes y sosteniendo su bastón como si fuese un cetro. Sin embargo, lo cierto es que, por aquellos tiempos, Rembrandt a sus 52 años era ya un hombre castigado por su enfermedad y la desgracia, estaba agotado y en bancarrota, pues había perdido su casa y se vio obligado a vender toda su colección de obras, pero, aun así, él seguía siendo el rey de los pintores.

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Señora y sirvienta de Johannes Vermeer (1666 – 1667)

Aunque el tema de escribir y recibir cartas es un recurso frecuente en las obras de Vermeer, raramente alcanzan una tensión dramática tan fascinante como la que se muestra aquí.

La criada parecer surgir de entre las tinieblas del fondo para interrumpir la escritura de la señora y hacerle entrega de una carta, que por su gesto parece desconcertarla. Quizás se trate de una carta de naturaleza privada, como surgieron los expertos –¿un amor adúltero? no sabemos, pero por la cara de la criada parece estar enterada.

Comprado por Henry Frick en 1919, el año de su muerte, esta pintura fue su última compra, mostrando así su incuestionablemente evolución como experto en arte.

53. Señora y sirvienta de Vermeer - Diez obras maestras que no te puedes perder de la Frick Collection

El caballo blanco de John Constable (1819)

Las grandes obras que John Constable quiso dejar conscientemente para la posteridad se trataban de seis lienzos de gran tamaño (131 x 188 cm), que no eran más que escenas tomadas, como no podía ser de otra forma, de su región, concretamente del río Stour.

En 1819 John presenta una de esas obras, El Caballo Blanco, a la exposición de la Royal Academy con el fin de aumentar su prestigio y fortuna, y tanto que lo consiguió, pues un buen amigo suyo John Fisner se la compró. Sin embargo, con el tiempo era tal aprecio que sentía Constable por esta obra que acabó de nuevo comprándosela, y desde entonces la conservó durante toda su vida como “uno de sus cuadros más importantes”.

54. Caballo Blanco de John Contable - Diez obras maestras que no te puedes perder de la Frick Collection

La fragua de Francisco de Goya (1819)

La fragua de Goya se trata de una obra que el artista comenzó a pintar allá por 1812, y en ella se muestra la presencia de tres herreros trabajando conjuntamente con desorbitada violencia. La temática al igual que muchas otras grandes obras maestras hay que enlazarla con el contexto histórico de la guerra contra Napoleón, pues así lo han relacionado la mayoría de los historiadores.

La pintura es deliberadamente oscura y escurridiza, probablemente realizada para formar parte del conjunto de la Quinta del Sordo, parece lanzarnos un mensaje oculto ¿Qué construyen? ¿Qué forjan? ¿Contra quién luchan? ¿Es acaso un nuevo mundo?

Quizás los descendientes de estos obreros acabasen emigrando a América evitando la pobreza imperante y allí trabajaran para gente como Henry Frick, quien, orgullosamente, adornaba sus elegantes estancias con cuadros como este.

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El Puerto de Dieppe de William Turner (c.1845)

Dieppe, en el norte de Francia, fue uno de los puertos de mayor actividad comercial del siglo XIX. Turner, lo supo captar mejor nadie, con la gente que lo habita, que va y que viene, que trabaja o hasta incluso se divierte.

Sin embargo, el paisaje humano e industrial a pesar de estar cargado de detalles es en lo que menos uno se fija, pues la obra se ve dominada por la luz cegadora del sol que se extiende sobre las aguas como un manto de oro, y es que, si por algo es conocido Turner, es por ser el pintor de la luz, por su manera de captar de forma subliminal los efectos de la atmósfera.

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