¿Cómo nació el mercado del arte? ¿Por qué compramos arte?

Continuamente el ser humano se está haciendo preguntas, y como todo en la Historia de la Humanidad tiene un por qué, hoy vamos a responder a una de esas cuestiones vinculadas con el mundo de las artes, y se trata de… ¿Cómo nació el mercado del arte?, pues es evidente que no surgió de la nada.

Desde sus inicios, es decir, desde las primeras expresiones artísticas, el hombre se ha limitado a considerar este trabajo como algo prácticamente anecdótico a nivel artesanal, una labor que además estaba ligado a un porcentaje ínfimo de la población, de ahí que se haya tratado como un objeto de lujo, aunque no siempre sus creadores han sido conscientes de valorar su trabajo, como el producto en sí.

Parece ser que fue con la llegada del Renacimiento cuando empezó poco a poco a revalorizarse esta actividad, aunque muy lentamente, pues a nivel europeo no se afianzó hasta bien entrado el siglo XVII. La entrada de nuevas corrientes filosóficas como el racionalismo, y el apogeo de la revolución científica durante esta era, fueron dos de los principales factores que influyeron en el arte.

Y ya entrando en el ámbito de lo artístico, el formato más habitual y lo que más se asemejaba en esta época a las colecciones, era las wunderkammern, o también llamados cuartos de maravillas o gabinetes de curiosidades.

En ellos generalmente los nobles y contados burgueses adinerados, exponían las curiosidades y hallazgos procedentes de exploraciones, objetos raros y extraños, que se podían organizar hasta en cuatro categorías distintas; artificialia, naturalia, exótica y scientífica.

Con el tiempo, lejos de sorprender a sus visitantes, entraron en decadencia, sin embargo, hay que tener en cuenta, que fueron estos, los antecesores directos de los actuales museos de arte.

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El siglo XVII y los Países Bajos

Aunque si de verdad existe un momento y un lugar, en el que verdaderamente comenzó a darse un extraordinario desarrollo del coleccionismo, en el que los artistas se independizaron de sus mecenas, sin ya la necesidad de vivir de un sueldo del rey o de un Papa, logrando de este modo una mayor libertad tanto en los temas como en las técnicas, eso fue en el siglo XVII, y el lugar, los Países Bajos, sobre todo en lugares como Flandes y Holanda.

En el siglo XVII, se dio un beneficioso concurrir de riqueza artística, un crecimiento que estuvo muy en consonancia con la enorme actividad comercial que hizo que la burguesía formase parte de los estratos más poderosos, es decir, abogados, banqueros, comerciantes y funcionarios, que ganaron su riqueza con su propio esfuerzo, rompiendo así algo tan habitual hasta el momento, como había sido la riqueza heredada.

Esta nueva y emergente burguesía, necesitaba poder para manifestar su posición, y lo encontró en el arte, convirtiéndose en el nuevo símbolo de riqueza. Para ello, empezaron a contratar artistas, para que les decorasen sus hogares, que no solo se redujo al ámbito pictórico, sino también al arte mobiliario, de orfebrería y cristalería.

Poco a poco la pintura de carácter doméstico se convirtió en la temática más habitual y cotizada entre los burgueses, siendo los cuadros de pequeño formato con escenas cotidianas y realistas los que ambientaban las casas, muy al estilo de Johannes Vermeer, por no hablar también de las naturalezas muertas, exhibiendo en sus magníficos salones obras que representaban buenas vasijas o caros alimentos, como un modo de demostrar al visitante el nivel de la casa en la que se encontraban, quedándose lejos de aquel acto donde los cuadros eran meros objetos de poder político o religioso.

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Intercambio de obras de arte

El desarrollo de nuevos formatos y temáticas quedaron ligados por lo tanto al gusto de los coleccionistas, teniendo los artistas que adaptarse a sus exigencias, si lo que de verdad querían era ensalzarse a sí mismos con sus obras. Esto además dio lugar a la aparición de una nueva dinámica relacionada con el intercambio de obras, el auténtico comienzo del mercado del arte.

Ahora las pinturas, no solo actuaban como una muestra para embellecer sus hogares, sino formando parte de un patrimonio y de un método de inversión, es decir, podían desprenderse de sus cuadros, si lo que necesitaban eran dinero, aumentándose de esta manera, más la demanda que la oferta, y como consecuencia, una competitividad entre los burgueses y los clientes que deseaban sus obras, generándose así el mercado del arte y porque no, el germen de la subasta.

Otro de los puntos clave fue la aparición de la figura de los marchantes, cuyo poder empezó a aumentarse exponencialmente, tanto que incluso comenzó a imponer condiciones a los artistas, muchos de los cuales se enriquecieron gracias a ellos, pasando también a formar parte de esa nueva burguesía.

Otro factor a tener en cuenta, era que, hasta la fecha, el comercio de obras de arte se había limitado a los territorios más cercanos entre sí, debido a la alta complejidad de medios de transportes para este tipo de mercancías, y la poca actividad diplomática.

Sin embargo, ya en el siglo XVII, el carácter internacional del mercado se fomenta cuando esa actividad diplomática se generaliza, mediante la presencia de gobernantes en países extranjeros, como los españoles en los Países Bajos, que a menudo llevaba al intercambio de obras artísticas entre casas reales, familias de embajadores y aristócratas, viajando con ellas ya no solo las obras sino también el nombre del artista.

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Los marchantes: figura clave

Los artistas y los clientes, no fueron las únicas personalidades importantes a la hora de vender una obra, pues como bien dijimos anteriormente, los marchantes fueron uno de los que mayor fuerza y poder alcanzaron en este tipo de transacciones comerciales, actuando como intermediarios, no solo en las venta, sino también en eventos públicos destinados  a los mismos fines, y en los que se pudo rodearse de otros personajes influyentes en su labor como eran ser los peritos – tasadores, abogados, redactores de catálogos…

Entre esos eventos, los más destacados fueron las ferias como la de Leipzig en Alemania o las subastas públicas de arte, como las que se realizaban en Ámsterdam o Amberes.

Como veis, los marchantes acabaron convirtiéndose en la figura dinamizadora de la vida artística, y por ende de los artistas, pues a petición de los marchantes, dejaron de trabajar solo por encargo, para acabar produciendo obras de manera casi masiva y para clientes anónimos, es decir, un futuro comprador.

De modo que la nueva riqueza y ese reconocimiento de los pintores, está ligado, en parte, al sometimiento del mercado de los mismos. Sin embargo, al entrar en juego tantas personas, el pintor deja de ser el único que obtiene beneficios como antaño, siendo a menudo menores que los de los marchantes.

La mayoría, acabaron recluidos en sus talleres, dejando que los intermediarios se ocuparan de la labor materialista del oficio artístico, siendo muy pocos los que supieron hacerse cargos de ambas gestiones, la creativa y comercial, y entre esas excepciones tenemos que destacar a grandes genios como los fueron Rubens o Velázquez, quien compagino ambas tareas, aun siendo aposentador mayor, ayudante de cámara y el superintendente de obras del rey Felipe IV.

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