La escultura de Carlos V y el furor: una extraordinaria alegoría imperial

Carlos V fue uno de los reyes más importantes en la Historia de España, su reinado se caracterizó principalmente por la expansión territorial, haciendo además que la monarquía hispánica se convirtiera en la primera potencia de Europa, de ahí que algunos lo definiesen como César, y otros como el hombre más poderoso del mundo.

Durante toda la época de su reinado el concepto de gran emperador tenía que estar presente en todos los aspectos, incluido el artístico.

Por eso hoy, nos vamos a centrar en una obra encargada por el soberano, en 1549, conocida como Carlos V y el Furor, que formaba parte de un múltiple encargo junto a otras seis obras escultóricas suyas y de su mujer, al escultor italiano Leone Leoni. Todas ellas se conservan íntegramente en el Museo del Prado.

Para 1550 Leoni tenía ya ideado el modelo, pues así lo refleja en una de sus correspondencias mantenida con el cardenal Granvela, uno de los principales mentores del rey “la figura del emperador tiene debajo la estatua del Furor y no una provincia u otra victoria, apareciendo la primera digna y grave y con aspecto magnánimo, frente a la segunda, de apariencia tan horrible, que casi da miedo a quien la mira”.

En 1551, vuelve a escribirle, con el fin de que el monarca aceptase su nuevo capriccio, que la imagen se pudiera armar y desarmar, siendo este todo un elemento de distinción, pues pocas esculturas existen en las que su armadura sea desmontable.

Para la creación del modelo, se inspiró en la estatuaria antigua, en los trabajos de otros grandes escultores como Miguel Ángel o Donatello, del cual tomó la disposición de las figuras presente en la obra de Judtih y Holofernes, y pasajes de fuentes clásicas como la Eneida de Virgilio.

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Un escultor al servicio del monarca

Leone Loeni, fue un escultor natural de Arezzo, pero establecido en Milán, donde acabó formándose como orfebre y medallista, siendo en este último trabajo donde consiguió el máximo prestigio, llegando a ser reclamado por el propio Carlos V, para que le realizase una medalla de su esposa, la emperatriz Isabel, ya fallecida.

Su trabajo le gustó tanto, que poco tiempo después, en 1549, lo nombraría escultor de la corte, con un salario anual, título de caballero y casa – taller en Milán, siendo aquí donde llevo a cabo su tan relevante tarea escultórica.

Una de las cosas que más llamó la atención de su trabajo, fue la lentitud con la este fue realizando las esculturas, una por año, lo que en más de una ocasión provocó el enfado del rey, que incluso llegó a retirarle el salario por un tiempo. Sin embargo, y según el mismo Leoni informó en una de sus cartas, tuvo que aprender el oficio sobre la marcha, transformándose de orfebre a escultor, lo que le llevó demasiado tiempo.

El conjunto escultórico le fue presentado al monarca, aún sin acabar, en 1556, el mismo año en el que este emprendía su retirada a España, invitando tanto a Leoni como a su hijo, Pompeo, que poseía el mismo prestigio que su padre, a trasladarse con él para ultimar el proyecto. Leoni rehusó aquella petición alegando enfermedad, siendo Pompeo, quien se encargaría de realizar el acabado de las mismas.

Las obras llegaron a España en 1558 y terminadas en 1564, siendo la más espectacular de ellas, Carlos V dominando al Furor, la pena fue que el monarca no pudo verla terminada, porque falleció seis años antes, por lo que aquella obra de arte se convirtió en un claro homenaje póstumo al rey.

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Carlos V y el Furor

Se trata este de un magnífico grupo escultórico, realizado en bronce, donde aparece representado Carlos V, de pie y vestido a la romana, siguiendo esas pautas de mentalidad renacentista de la época, en la que el poder imperial se asociaba con el pasado romano. Aparece cubierto con una coraza, espalderas, hombreras con forma de cabezas de león y sandalias con aspecto de botas. En su mano derecha, una gran lanza y en la izquierda, un alfanje con empuñadura en forma de cabeza de águila.

Además, lleva una banda cruzada a su derecha, y colgado de su cuello, el Toisón de Oro. Una clara referencia a la guerra, se puede apreciar en el relieve de la figura de Marte, situado sobre la hombrera derecha.

Si de todo ello fuese despojado, nos encontraríamos con un bellísimo desnudo, como si de un dios clásico se tratase, de una gran tersura y postura de elegante contrapposto.

A sus pies, y fundido por separado, la figura vencida del Furor, haciendo alusión a los enemigos del emperador, que bien podrían ser todos aquellos herejes divulgadores de ideas erasmistas y luteranas, de modo que, esta alegoría del furor está representada por un hombre desnudo y barbado, encadenado y de gesto sufriente y colérico, pero también expresando el temor con el gesto vencido ante el emperador.

Ambos, se asientan sobre una base circular repleta de armas y trofeos militares, entre ellos, un carcaj, un escudo, un tridente, una trompeta, una maza y un haz de líctor romano con el hacha. Todo un conjunto de elementos que lo que hace es dotar a la obra de una estética propia de la escultura clásica romana.

La obra aparece firmada y fechada “1564/ LEO. P. POMP. F. ARET. F.», junto a una inscripción que rodea el pedestal «CAESARIS VIRTVTE DOMITVS FVROR».

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La odisea de la escultura

En 1556, fue cuando el grupo escultórico de Carlos V y el Furor, junto con los demás retratos y esculturas encargadas por el rey, se trasladan desde el taller que Leoni tenía en Milán hasta Flandes, lugar donde fueron presentadas al emperador con una auténtica expectación, y desde allí, por vía marítima, enviadas a España, llegando dos años después, en 1558.

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Cuando se dio por terminada, en 1564, permaneció en Madrid en el taller de Pompeo Leoni, hasta que este falleció en 1608, momento en el que Felipe III, ordena el traslado de la obra hasta el Alcázar madrileño, pasando en 1620 al jardín del Palacio de Aranjuez.

Algo más tarde, en 1634, ya con el reinado de Felipe IV, fue destinada al decoro de los jardines del Buen Retiro, y allí permaneció hasta el siglo XVIII, que se llevó al Palacio de Buenavista, residencia de Manuel Godoy, por aquel entonces.

Cuando a este le confiscaron sus bienes tras el motín de Aranjuez de 1808, y gracias a un decreto de José I, la escultura pasa a ser propiedad del pueblo, siendo colocada sobre una fuente en la plaza de Santa Ana. En 1825, vuelve de nuevo al Palacio del Buen Retiro, y cinco años después, a su definitiva y actual ubicación, presidiendo la rotonda de la entrada, desde la puerta de Goya, del Museo del Prado.

Se podría decir que esta escultura es una de las más famosas de cuantas pueden contemplar en la pinacoteca madrileña, una muestra de extraordinaria calidad conseguida en pleno siglo XVI por Leone y Pompeyo Leoni, padre e hijo, cuyas técnicas broncistas fueron imitadas por otros muchos escultores que vieron en ellos sus ejemplos a seguir, sin embargo, ninguno supo infundir los sutiles matices con aquellos acabados propios e inigualables de un maestro orfebre.

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